Biblioteca verde para los niños, biblioteca rosa para las niñas: conocemos todos los estereotipos que han marcado las generaciones de los lectores. A esta gama de colores hay que añadir un tercer color : el azul.

Los libros azules, como se llamaban antes, han desaparecido de las estanterías de las librería y bibliotecas, pero tuvieron un papel muy importante en la historia de la imprenta en Francia, porque se trata, nada más y nada menos, que del libro de bolsillo, ¡ y es una invención de Troyes !

La biblioteca azul nació en Troyes a principios del siglo XVII gracias a un impresor troyano. Se le ocurrió reciclar textos ya editados, muy bien reescritos y resumidos para el placer del público y que fuesen asequibles para la mayoría. Por emplear un neologismo, se trata de la edición de bajo coste: un número de páginas reducido, papel más económico, una impresión mediocre, un corte aproximativo, grandes tiradas, ilustraciones ya utilizadas y textos con erratas.

Pero su formato fue revolucionario : 12 x 7 cm o 22 x 15 cm. Su modo de difusión y su atractivo precio de venta democratizó la lectura en Francia: los vendedores iban de ferias a mercados y de pueblos a ciudades para vender estos libros azules. También se llamaban así por el color de su portada, cuyo papel se utilizaba para embalar los dulces.

El sistema de distribución de la biblioteca azul hizo que también se conociese como «literatura de divulgación». Si en aquel momento hubiese existido el tren, probablemente se llamaría «literatura de estación»...

El éxito fue considerable, hasta el punto de que el modelo troyano se copió en numerosas ciudades. En el siglo XIX, el catálogo incluía unos 4500 títulos, y más de un centenar podrían considerarse best-sellers. Las obras se leían en grupo en veladas nocturnas.

En estos libros azules se podía encontrar todo tipo de literatura: novelas de caballería, vida de santos, episodios de la Biblia, historias de amor, cuentos de hadas, libros de recetas, guías de buenas maneras, calendarios astrológicos...

En medio de todo este embrollo surgió un género particular que provocaría un gran furor : el almanaque, un gran divulgador del conocimiento. En pocas palabras, sirvió para instruir, informarse, entretenerse y soñar. Los libros azules se convirtieron en un magnífico instrumento para transmitir la cultura popular y contribuyeron a la alfabetización de la población.

Troyes, feudo del papel y pionero en la imprenta, también fue un precursor de la industria editorial, lo que a fin de cuentas tiene sentido.  Su mediateca aún conserva más de 3000 volúmenes de esta famosa biblioteca azul, convirtiéndose en la colección más importante de Francia. La mediatica incluso volvió a publicar tres libros azules en 1999.