-A +A
«Tiene ganas de Troyes» - 10 siglos de amor y de romanticismo

Su tapiz multicolor de casas conentramado de mandera construidas en «le beau XVIe siècle» lo convierten en una joya del patrimonio nacional. Esta ciudad, en la que se puede soñar con el amor y el agua fresca, es Troyes.

Troyes, con su laberinto de calles que juegan al escondite con la historia, sus muelles por donde disfrutar paseando, sus innumerables iglesias góticas con preciosas colecciones de vidrieras de Francia, ofrece a las almas nobles una delicada variedad de sensaciones.

 En Troyes, el espíritu se conmueve y el corazón late más fuerte

Troyes la romántica se desvela a través de lugares poéticos y sensibles que son su encanto, pero también a través de los personajes, hechos y eventos que han contribuido a su renombre.

La corte del amor se reunía en Troyes

 Algunas ciudades, solo de Francia, tuvieron el privilegio de ser el escenarios de la corte del amor en el que se trataban cuestiones de orden sentimental. Troyes fue una de estas ciudades.

En estos «tribunales» que presidía una gran dama del reino, se arbitraban las querellas entre esposos y se discutían aspectos de moral. Solo había un código vigente, el del amor cortés, al que todo buen individuo debía ceñirse para regular su conducta.

En él se decretaban principios como este : « Una amante nunca debe abandonar a su amante en caso de ausencia prolongada ». ¡ El que iba a la guerra no perdía su lugar !

Fue una época en la que los reyes optaron por Troyes para casarse, como por ejemplo : Luis X de Francia o Enrique V de Inglaterra. En este periodo, Andrés el Capellán redactó en Troyes un tratado sobre el amor que codificaba como amor cortés en «trece preceptos».

Algunas parejas famosas, imaginarias o reales, también vivieron su amor en el departamento de Aube : Héloïse y Abélard, Frédéric Moreau y Madame Arnoux (La educación sentimental de Flaubert), Pauline de Montmorin Saint-Hérem y el escritor François-René, vizconde de Chateaubriand.

Todos los días, los paseantes se detienen para declarar su amor a « Lili, la dame au chapeau » : vienen, se sientan junto a esta delicada joven de pensamientos errantes, posan para la foto, y dejan a esta hermosa lectora en sus sueños y en su banco.

Pero quizás « La jeune fille qui donne un baiser » sabría satisfacerle con caricias más carnales. Esta es sin duda, menos reservada que «Lili», y mucho más rebelde. Para besar a esta joven que nos ofrece sus labios, solo hay que cruzar la calle donde estaba antes la casa del encargado de los puentes giratorios.

Gracias al escultor húngaro Andras Lapis, padre de «Lili», y al escultor holandés Sjer Jacobs, padre de «La jeune fille qui donne un baiser», por haber proporcionado a Troyes esta encantadora y familiar compañía.